
En Cuba, para tomarnos el café, le damos dos, hasta tres vueltas a la rosca y la ponemos en la hornilla, con el cabo de plástico que no toque el quemador. Después del humo viene el líquido negro y espeso por la torre de aluminio del vaso, y ya sabes que te toca gritar:
“Oye, ¿ya coló el café?, ¿te le echo azúcar?”
“¿Cuántas cucharadas?”
“Si tienes de la prieta, mejor.”
Ese es, obviamente, el mejor de los casos, pero yo me he tomado el café de muchas otras formas.
De niña, me lo tomaba escondida, haciendo muecas, enjuagándome la boca después. En mi casa había una cafetera pequeña y una grande. Cuando veía a mi mamá sacar la grande, era porque teníamos visitas. Yo me asomaba por el pasamanos de la escalera y miraba para la sala a ver quién era.
Si era una de sus amigas que me caían bien, bajaba corriendo y me sentaba a tomar el café con ellas para ser parte de ese club que tomaba café amargo y hablaba de la vida.
Ya a los 14 años tomaba café los domingos con otros jóvenes que también iban a la iglesia. Como nunca llegué a hacer la primera comunión, no pude compartir la sangre y el cuerpo de Cristo con ellos; pero sí una taza de café en el merendero que quedaba en la esquina de mi casa.
Así fue toda mi juventud, marcada por la importancia que tenía el café en mi cultura. Como recompensa por terminar un día de escuela: un mocha; por cualquier cumpleaños: un espresso; para mantenerme despierta: un cortado, un affogato, un manchado. Incluso una de mis mejores amigas me confesó que le gustaban las chicas mientras nos tomábamos un capuchino.
Es que para nosotros el café siempre fue lo primero. Cuando mis amigos y yo nos mudamos juntos, en la casa no había ni muebles ni fogones. Nada más teníamos una olla para cocinar arroz. En la resistencia de aquel artefacto se ponía la cafetera, y había que vigilarla por media hora para asegurarse de que no fuera a explotar. Al final de toda esa batalla, si conseguías sacar una buena taza de café caliente, ya tenías para sentirte orgullosa un mes entero.
Luego, en la universidad, el café se colaba en cualquier cuarto. Podía ser encima de una lata con petróleo y un mechero, sobre un ropero, una mesa o una silla. Algunos días caminábamos hasta el carrito con el café más barato, hasta el dormitorio de un amigo que tenía una cafetera eléctrica; o tomábamos un bus hasta la ciudad si queríamos tomarnos un café más sofisticado.
Incluso cuando crucé la frontera con desconocidos, el hielo lo rompió una taza de café cubano recién hecho.
A fin de cuentas, para mi madre, mis amigos que aún viven en Cuba, y los que estamos “del otro lado” (como dice un trovador de mi ciudad), el café siempre será la mejor forma de volver a casa.
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